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UNA ROSA PARA ROSA
No era ella la que visteis, insensatos. La gorda que se subió al escenario para cantar mierda era otra, un doble con la que la organización del festival tapó el escándalo. No os extrañéis: imitar la vulgaridad es lo más sencillo del mundo. Miraos unos a otros la manera de vestir o la manera de follar, idéntica a los movimientos que hacen las ratas con la mandíbula una y otra vez. Roer. Lo que quiero contar es que viajé hasta allí, entré en el camerino y la enculé a ella y a su patética ilusión, que era la vuestra: por el esfínter le metí el badajo; por las tragaderas de su chochamen un botijo que compré unos días antes en Armilla. Quería que el recipiente que recogiera sus jugos lo hubiera fabricado uno de esos fanáticos de su pueblo que alcanzan la plenitud espiritual con tamañas chorradas. Ella, por supuesto, gritó como una cochina -no repito el tópico, asimilo tallas-, pero cuando le rajé el pescuezo el grito se convirtió en algo así como el sonido que hace una aspirina efervescente. La sangre salía a borbotones de su cuello con una presión irregular de lo más agradable y aproveché las convulsiones de su cuerpo para correrme, una de esas corridas en las que uno lo echa todo. En su culo, quede claro. Porque del chocho lo que saqué fue el botijo que se había llenado hasta la mitad de los jugos de rosa, rosilubricantes, rosiorgasmadas. Luego puse el botijo junto al tajo de su cuello -ay, fuentes de carne- y lo completé con la sangre que le quedaba a la diva -qué ordinario su canto-. ¿Verdad que apenas la habéis visto después del festival? Y todo por ratas, por no pagarle demasiado a la doble. Ahora tengo el botijo junto a mí, con los líquidos mezclados, tan fresquito que lo conserva todo este barro granadino. Un traguito y a teclear otra línea. Así da gusto, cerca el verano. De todos modos, algún imbécil preguntó que por qué llevaba sin escribir tanto tiempo. Para qué perder el tiempo en esto cuando uno se puede dedicar simplemente a vivir.
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