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A la muerte de Sir Alec Guinnes (1914-2000), muchos
aficionados al fantástico han clamado por la defunción del
más afamado caballero jedi. Pero el gran actor británico
era alguien más que Obi-Wan Kenobi. De hecho, no estaba muy contento
con su personificación (que fue previamente ofrecida al no menos
extraordinario Toshiro Mifune) y fue de él la idea de que muriese,
para de esa forma desvincularse de esa imagen. Sin embargo, el éxito
le persiguió, y logró fama entre el público juvenil
-ese que jamás se molestaría en ver una película previa
a 1975- un veterano actor, una de las más grandes estrellas del
universo fílmico.
Nacido como Alec Guinnes de Cuffe el 2 de abril
de 1914 en Londres, mientras trabaja en la publicidad estudia en el Fay
Compton Studio of Dramatic Art, y debuta en escena en 1934, esto es, a
los veinte años de edad, y en 1936 ya se introduce en el repertorio
clásico, actuando en el mítico Old Vic. Fue nombrado caballero
en 1959, y ocasionalmente ha sido consignado en los créditos como
Sir Alec Guinnes. Falleció el pasado 5 de agosto de 2000 en Midhurst,
Sussex, Inglaterra.
Si bien había
aparecido como extra en la película Evensong (1934), de Victor
Saville, no debuta oficialmente como actor hasta 1946 con su personaje,
prácticamente protagonista, de Herbert Pocket en la magistral Grandes
esperanzas (Great Expectations, 1946) de David Lean, a partir
de la novela de Charles Dickens. Tenía entonces treinta y dos años,
pero en la película apenas representa a un mozalbete. Dos años
más tarde repite con Dickens y Lean en Oliver Twist (Oliver
Twist). Ahora con treinta y cuatro años, sin embargo encarna
a Fagin, caracterizado de anciano usurero; fue el inicio de sus fantásticas
transformaciones, pues en Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts
and Coronets, 1949) interpreta nada menos que ocho papeles distintos,
entre ellos un viejo marino y una dama estirada. Magistrales sus interpretaciones
en esta no menos magistral comedia de humor negro dirigida por el infravalorado
Robert Hamer.
El rotundo éxito del film
le encauza ya en los cincuenta como uno de los grandes actores del cine
británico, y así tendrá papeles estelares en El
hombre vestido de blanco (The Man in the White Suit, 1951),
comedia con elementos de ciencia-ficción dirigida por el genial
Alexander Mackendrick u Oro en barras (The Lavender Hill Mob,
1951), de Charles Crichton, representantes de la edad dorada de la comedia
británica por parte de la productora Ealing. Si bien Alec Guinnes
sería un rostro ligado, por esa época, al género de
la comedia (como lo sería en los 60 en las superproducciones de
qualité y, a partir de los 70, a ser meramente un nombre
de prestigio en películas que no lo merecían), ya por entonces
cambiaba de registro, así pues tenemos por entonces filmes bélicos
como The Malta Story [tv: La historia de Malta, 1953], de
Brian Desmond Hurst, o El detective (Father Brown, 1954),
de nuevo para Robert Hamer, y donde encarna a la mítica creación
de Gilbert Keith Chesterton. Por aquel entonces, Guinnes solía hacer
hasta cuatro o cinco películas al año, ejemplo de la vitalidad
y éxito que lo mantenía en candelero. En 1955 protagoniza
otro de sus clásicos, El quinteto de la muerte (The Ladykillers),
otra joya del humor negro debida a Mackendrick y donde comparte reparto
con Peter Sellers y Herbert Lom, amén de una excelsa Katie Johnson;
curiosamente, el papel de Guinnes, el profesor Marcus, fue ofrecido con
anterioridad al magnífico pero arisco Alistair Sim. Tras este fenomenal
éxito aparece en la muy aburrida El cisne (The Swan,
1956), de Charles Vidor, mero vehículo para Grace Kelly una vez
anunciado su romance con el príncipe Rainiero de Mónaco;
en esta película Guinnes encarna al príncipe Alberto, y no
es difícil sospechar por dónde iban las intenciones del film.
Es, sin embargo, su siguiente
película la que lo sumerge dentro de las grandes producciones, pues
se trata de nada menos que de la magistral El puente sobre el río
Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), del gran David Lean.
Basada en una novela del francés Pierre Boulle (El planeta de
los simios), se trata de algo más que de la clásica hazaña
bélica -aunque, desde esta perspectiva, la película funciona
a la perfección-.
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