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Siempre resulta peliagudo vaticinar grandes frases hacia los jóvenes
realizadores de escuetas filmografías que cada vez surgen con mayor
frecuencia. Vivimos un momento cultural en el que no se duda en calificar
de genios y en ocasiones a prestar una atención desmedida a realizadores
o artistas en general que, aunque pudieran resultar tremendamente prometedores,
no dejan por ello de situarse bastante más lejos de la recurrida
genialidad con la que muchos filtran sus miradas hacías las obras
de estos jóvenes elegidos. Como muy bien puntualizaba Nicolas Saada
en su obra El cine americano actual (JC, Madrid, 1995. p. 13), actualmente
se está produciendo un proceso de verdadera aceleración
artística calificando de "autores" y hablando de "obras"
en filmografías sumamente breves. Véase Tim Burton (diez películas),
David Fincher (cinco películas) o Quentin Tarantino (cuatro películas).
Un fenómeno por cierto que no ha tardado en ser exportado dentro
de nuestras fronteras ocurriendo un tanto de lo mismo con realizadores tan
jóvenes como prometedores si se quiere, pero indefectiblemente en
los albores de su presunta genialidad; Alex de la Iglesia (seis películas),
Julio Medem (cinco películas) o el que sin duda es el caso más
paradigmático y a la vez desmedido, Alejandro Amenábar (tres
películas).
Por todo esto, una breve aproximación a la aún escueta
obra del director M. Night Shyamalan (cinco películas) pretende partir
del siempre escurridizo terreno de la suposición, la hipótesis
y la deducción. Obviamente no podemos sentenciar que Shyamalan esté
a la altura de, por ejemplo Alfred Hitchcock (con quien se le compara asiduamente),
pero sí que podemos intuir, al menos, los derroteros que el realizador
de origen indio está tomando, partiendo de las evidencias expuestas
en sus films. Podemos presuponer que Shyamalan resulte un cineasta tremendamente
prometedor e incluso podemos alabar determinados signos, concretas puntuaciones
que vanaglorian por definición a un joven director que hace suponer
un estimulante futuro. Pero nunca aseverar su genialidad, jamás sentar
cátedra sobre su brillantez y mucho menos situarlo en el cisma de
los genios del cine moderno.
Dentro de este invariablemente escabroso terreno, M. Night Shyamalan
es sin duda una de las más prometedoras figuras que han surgido bajo
la siempre peligrosa sombra de Hollywood. Aparentemente un sumiso seguidor
de los postulados más clásicos del cine comercial americano,
M. Night Shyamalan parece en realidad obstinado en reinterpretar desde su
discreta isla creativa y en una esquiva voz baja, ese cine que tanto afirma
amar. Porque lo cierto es que este director de origen indio permite presagiar
con su breve filmografía ciertas relevancias estilísticas
y discursivas que pueden terminar por configurar con el paso del tiempo
a un posible creador de formas cinematográficas. Es cierto que Shyamalan
parece vislumbrar el perfil de un moderno Alfred Hitchcock, deviniendo un
director que, como el genail realizador de "Psicosis", no ha tardado
en descubrir el valor del cine como signo, en asumir la capacidad que tiene
el cine para representar la realidad, que no para imitarla. El cine selecciona
objetos de la realidad para utilizarlos como símbolos que, a su vez,
remitan a conceptos -abstractos o no-, que, en ocasiones, poco o nada tienen
que ver con el objeto real utilizado. Es de hecho en esta curiosa paradoja
donde se sitúa buena parte de la brillantez cinematográfica,
en utilizar un icono reconocible para el público en general, una
imagen perfectamente admisible y que, según como sea utilizado/a
y dependiendo del contexto en el que este/a se inscriba, podría alterar
o puntualizar su significado. Decía el analista francés Gerard
Lénne que las convenciones, en principio, no tienen por qué
ser reprobables, y que es el vacío de su significado, la hueca utilización
de las mismas, la que las convierte en arquetipos o tópicos. M. Night
Shyamalan parece haber comprendido esta relación entre convención
y signo, entre imagen e icono, entre concepto y significado, como pocos
realizadores de su generación, reutilizándolos con la suficiente
habilidad como para dotarlos de un nuevo y estimulante significado. Es por
ello por lo que la similitud entre Shyamalan y Hitchcock vaya más
allá de cierto exhibicionismo formal, como podría ser el caso
de ciertos films de Brian DePalma, sino que éste estribe en la propia
concepción del elemento fílmico.
Al igual que otros ilustres directores como el mencionado mago del suspense
Alfred Hitchcock, Robert Wise o Terence Fisher, M. Night Shyamalan ha hecho
de las convenciones genéricas su mejor arma y ha demostrado, una
vez más, que estereotipos y autoría no son necesariamente
dos términos antagónicos.
PALOS DE CIEGO
Nacido en la India aunque criado íntegramente en los Estados Unidos
(Filadelfia), Manoj Night Shyamalan fue educado en una familia mayoritariamente
de médicos bajo la doctrina católica.
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