|
Génesis del universo Waters
Aunque a muchos les suene su nombre, John Waters es un gran desconocido
para el gran público; probablemente la imagen que muchos tendrán
de él por haber visto Pink Flamingos será la de alguien
estrafalario, bohemio, y con un discurso pretendidamente transgresor bastante
limitado; la primera sorpresa sería entonces el ver que es un señor
al que le encanta vestir de corbata, muy educado, con una gran cultura cinéfila
y literaria, y cuya única extravagancia aparente sería su
fino y particular bigote. Y tal vez sea también sorprendente (o no)
el hecho de que se criara en una familia convencional católica de
Baltimore, ciudad a la que idolatra, en la cual sigue viviendo, y donde
transcurren todas sus películas. Su hermano trabaja en la pequeña
empresa de su padre, que fabrica productos para la prevención de
incendios, sus hermanas son madres y amas de casa, y muchos de los intérpretes
de sus películas son amigos suyos con profesiones y vidas "normales"
que ni siquiera trabajan en el mundo del cine.
A pesar de este ambiente poco propicio (aunque tampoco particularmente
represivo), el freakismo del pequeño John empezó a
desarrollarse muy pronto. Desde pequeño le fascinaron los asesinos
dementes y coleccionaba toda la información sobre ellos que se le
pusiera a tiro (poco tiempo más tarde se convertiría en fan
obsesivo de la satánica familia Manson); también le atraían
las catástrofes, afición curiosamente compartida con su padre:
los dos salían juntos de casa cuando oían pasar el coche de
los bomberos para seguirlo y ver en directo el incendio o el cataclismo
que hubiera tenido lugar. Sus amistades las escogía entre los especímenes
más extraños y menos populares del colegio y del instituto;
entre ellos destacaba Glenn Harris, un niño con problemas de sobrepeso
y de identidad sexual que en la adolescencia empezaría a vestirse
de mujer y a transformarse en Divine, la futura célebre musa del
director. Rápidamente juntó a su alrededor una pandilla de
freaks con la que gastar bromas en el límite de la delincuencia
juvenil a los vecinos de Baltimore, y disfrutar en los cines con la serie
B más casposa y delirante de la época: las primeras películas
gore de Gordon Lewis, los demenciales títulos del erotómano
Russ Meyer, el cine de artes marciales, etc.
Hay que destacar que, aunque estos gustos hoy sean compartidos por millones
de adolescentes, hayan dejado de ser una actitud iconoclasta y casi hayan
pasado a formar parte de la cultura dominante, en aquella época no
existía nada parecido a todo el enorme establishment actual
en torno a la subcultura, la basura, el cine cutre, etc. En aquel momento
los freaks se hacían a sí mismos, no bastaba con seguir
las modas dictadas por gente fashion estilo Alex de la Iglesia, Santiago
Segura o los gurús de El país de las tentaciones. Waters
se adelantó en gran medida a su tiempo y fue un predecesor de los
punks, de los siniestros, de los fans de Marilyn Manson, de toda
la cultura de los fanzines y la serie B, y de innumerables tribus
urbanas más. Pero en su momento, a finales de los 60 o principios
de los 70, era un marginal incluso dentro de la contracultura, que entonces
se centraba en los principios de paz, amor y ecología de los hippies,
una actitud también contestataria pero totalmente opuesta a la de
nuestro hombre.
Finalmente toda esta cinefilia y erudición en el terreno de la
caspa y el subproducto, aunque también en el cine de autor más
experimental y vanguardista -Waters es un fan declarado de Passolini, Robert
Bresson, Marguerite Duras, Fassbinder y muchos otros- cuajó en una
serie de cortometrajes, de los cuales el más elaborado y de cierto
éxito en el área de Baltimore llevó por título
Multiple Maniacs, en homenaje al gore 2000 Maniacs,
la obra cumbre de Herschell Gordon Lewis. El salto al largometraje era el
siguiente paso, y todo el equipo de amigos y colaboradores watersianos
rodó sin medios y con esfuerzo durante los fines de semana uno de
los títulos clave, pese a quien pese, de la historia del cine.
Pink Flamingos: el estilo Waters
Pink Flamingos (Pink Flamingos, 1972), cuyo 30 aniversario se
cumple este año, narra la epopeya de Divine en su lucha por conseguir
el título de persona más inmunda del planeta; su tranquila
vida en una caravana al lado de su madre, débil mental y fetichista
de los huevos, y su hijo delincuente juvenil con el que mantiene relaciones
incestuosas, se ve amenazada por el malvado matrimonio Marble, que pretende
arrebatarle su puesto.
|
 Pecker
 Shock Value
 El equipo de Vivir Deseperadamente
 Divine y compañía
 Cecil B. Demente
 El director de joven
 La mítica Divine
 Waters con Katheleen Turner
|